DEPORTES: HABLANDO DE FUTBOL

Leo Messi, la pesadumbre del genio

Leo Messi, la pesadumbre del genio

“Si uno no tuviera pasado, el presente no le serviría de nada. El Madrid puede fichar más y más, al final los tendrá a todos y ganará, pero el 5-0 del clásico en el Camp Nou es para toda la vida. Me pongo a pensar y no encuentro un partido como ese. Que yo haya visto y, por supuesto, participado. Mató a Mourinho para toda la vida.” César Luis Menotti.

Destrozado el lienzo por los bárbaros, asistimos al final de un ciclo o al inicio del final de un ciclo, no sabemos bien. Lo cierto, a simple vista, es que asistimos a algo. El derrumbe de un mito. La caída de un imperio. La pérdida de una corona. El golpe de estado a la dictadura de la belleza.

Eso, me quedo con eso: el desplome abrupto de una ilusión y el golpe de estado a la dictadura de la belleza. A los madridistas, a los aficionados del Chelsea o del Bayern de Múnich, incluso a los fanáticos del Apoel Nicosia, les cabe todo el derecho para desear un orden distinto de cosas. Para librarse, por fin, de la hegemonía artística del Barcelona.

Ahora, como en toda época de reestructuración, se repartirán a migajas los títulos que los catalanes, en apenas tres fechas, dejaron a la deriva. Volverán por sus fueros y por sus champions y por sus ligas como antes volvían los pueblos menores por sus territorios usurpados luego de que un imperio cayera en decadencia. Pero el trono del Barça no era un trono de excesos, ni de pan y circo, sino de sabiduría, seducción y paz. Tan, pero tan perfecto, que el azar no tenía cabida.

Quién sabe cuál habrá sido el punto exacto de inflexión. La primera brecha, el primer cabo suelto que dejaron al destino. Quizás el descarrilamiento de Piqué. Quizás la negación de Guardiola a firmar por más de un año. Quizás la lesión de Villa. O quizás, como dicen todos, porque ya les tocaba.

Llegó el martes en la noche, un martes nefasto y definitivo, y el Chelsea, más allá de su recia y obstinada defensa, avanzó porque los astros se alinearon y esas cosas abstractas: la suerte, lo fortuito, lo impredecible, le negaron al Barcelona el sobrecumplimiento de la historia. Varios travesaños, atajadas inmensas, el penal errado por un semidios que lo único que no tiene de divino es la humildad.

Cifras son cifras porque el deporte es deporte y pedir otra cosa sería de tontos, pero ya no veremos, en caso de que los catalanes fenezcan, un performance tan armónico, una melodía tan impresionante y una escena de teatro tan magistralmente actuada y pensada sobre el retablo que son las canchas de fútbol. Sobre -perdonen la licencia- el Broadway Camp Nou.

Lo impresionante del Barcelona no era el fin, sino los medios. No los títulos, sino las maneras de lograrlo. Su ancho y metódico acordeón que iba de derecha a izquierda, su paciencia astuta, sus latigazos sin perdón, su seguridad despótica. Todos los rivales, de golpe, pasaron a ser contrarios de turno, sin distinción. En los hechos, el Madrid y el Zaragoza, el Manchester United y el Zenit de San Petersburgo, fueron la misma inofensiva víctima que siempre conoció, con tradición o sin ella, con ambiciones o con millones, con músculo o con osadía, el indefectible barro de la derrota.

Llovieron las súplicas, los elogios, las alabanzas sin miramientos. Todo, recordemos, bajo el deleite de lo insólito y la dictadura de la belleza. Este Barcelona último, sin embargo, perdió el pulso final, la nota precisa, la concreción de su talento. No apareció el zapatazo de Iniesta, la estrafalaria ejecución de Messi, la vergüenza de Puyol. Cedieron ante sus fantasmas y ante la sombra aplastante del monumento que levantaron y ya no podrán ir a ninguna parte.

Uno puede simpatizar o no, puede criticar, en chanza, su formación y sus jugadores, pero debe reconocer, para no pecar de estúpido, que su éxito es irrepetible y que esa sensación de que sobre la cancha la tocaban once mitos, once máquinas, once instrumentistas, no es cosa de un día ni de un año ni siquiera de un siglo y que no es tampoco mezcla de esfuerzo, capacidad y dólares. No sabemos qué es exactamente, pero de que no resulta tan fácil y tan a la mano lo damos por descontado.

La prueba de su trascendencia llegó con la derrota. Los catalanes corearon su himno, alzaron las banderas y agradecieron a los futbolistas -no importa que se haya terminado- por haber hecho sus vidas un tanto menos angustiosas y por haberles mantenido, más tiempo de lo normal, ese estado de hiperestesia y esa lucidez irracional y frenética que solo provocan el deporte y el arte en sus estados supremos.

La melancolía en el Camp Nou podía tocarse. Era visible, poseía rostro. No la cara abatida de Messi, no las lágrimas de los aficionados, ni siquiera el inexplicable desenlace o la evidente angustia de Guardiola. Las luces del estadio caían algo lánguidas sobre el césped de juego. Aquello -contundente y fatal- parecía un cuadro del impresionismo.

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